El pasado mes de julio se publicó en la versión online de El Vigía mi tercera columna de opinión. Ésta versó acerca de la cuarta revolución industrial. Aquí os la dejo:

La comunidad científica reconoce que, hasta el momento, no hay una forma eficaz de predecir dónde ni cuándo se va a producir un terremoto ni cuál será su intensidad. El motivo es simple: resulta imposible ver los movimientos de las placas bajo la superficie terrestre y eso imposibilita encontrar los puntos en los que se acumula mayor tensión. A veces, los terremotos dan pequeñas pistas: sismos iniciales, un comportamiento extraño de los animales o una subida anómala de los niveles freáticos. Pero no siempre es fácil ver estas señales ni son del todo fiables. A falta de predicción, sólo nos quedan la prevención, la alerta y los mecanismos de emergencia cuando el terremoto ya se ha producido.

Algo similar está sucediendo en el mercado laboral. Me explico: la magnitud de “la cuarta revolución industrial” (nombre que nos indica que no estamos ante un fenómeno ni mucho menos nuevo), nos hace incapaces de comprender verdaderamente lo que está pasando y resulta extremadamente complicado explicar las paradojas que se están produciendo. Sin embargo, se dejan entrever pistas que nos advierten de los efectos devastadores que la tecnología va a producir en el mercado laboral. ¿El motivo? Según Klaus Schwab, director del Foro de Davos, “en su escala, alcance y complejidad, la transformación a la que nos enfrentamos será distinta a cualquier cosa que el género humano haya experimentado antes”.

La complejidad de estos cambios provoca, como no puede ser de otro modo, incertidumbre. Y la incertidumbre mal gestionada aumenta la vulnerabilidad de la sociedad, ensañándose primero con los eslabones más débiles de la cadena que tratan de aferrarse como pueden a sus derechos adquiridos frente al “darwinismo tecnológico”. Es el ejemplo del conflicto que continua abierto desde hace meses entre los estibadores y el gobierno nacional. Y, es que, en un mundo cada vez más interdependiente, seguimos pretendiendo resolver los problemas con soluciones desconectadas, planteándolo únicamente choques entre dos bloques que posiblemente jamás alcancen un acuerdo que satisfaga a todos.

Hay otros frentes abiertos: los supermercados sin personal, que repercutirán sobre las estrategias de estocaje; la automatización de los vehículos, que eliminará de un plumazo los trabajos de conducción; la introducción de los drones en la cadena de suministro; los avances en la impresión 3D, que pueden hacer variar la estructura de costes de la construcción y, por tanto, relocalizarla; etc. Estos ejemplos, al igual que el de los estibadores españoles, ponen de manifiesto que es posible que pronto muchos de los trabajadores menos cualificados podrían quedarse sin empleo sin tener ninguna posibilidad de reciclarse para desempeñar otra función.

Esto es algo que, por el momento, parece no preocupar a los profesionales con alta cualificación a pesar de que, como sociedad, no nos conviene a ninguno. El primero de los motivos es que la “robotización de la economía” va a alcanzar también al empleo cualificado, llegando a afectar al 57% de la población de los países más avanzados, que son los que experimentarán los cambios con mayor rapidez. De hecho, el estudio de Daron Acemoglu y Pascual Restrepo titulado Robots and Jobs: Evidence from US Labor Markets indica que el crecimiento del empleo para trabajadores con elevada educación, la élite tecnocrática, se ha ralentizado. Particularmente, se dejan entrever en este aspecto grandes cambios en el sector del transporte: la automatización de los análisis de datos y de la toma de decisiones, el e-brokerage, la gestión digital de las actividades de gestión de la cadena de suministro, las estrategias de negociación inteligente y de gestión de almacenes basadas en Blockchain, etc.  Así, el proceso de transformación beneficiará a quienes sean capaces de innovar y adaptarse (gran parte de los trabajos del futuro ni siquiera existen hoy en día ni somos capaces de imaginarlos) pero, como un terremoto, se llevará por delante a todos los demás. El segundo motivo es poco obvio y, por tanto, suficientemente subjetivo como para seguir sin generar reflexiones sobre la amenaza que se cierne sobre todos: en un escenario en el que aumente la desigualdad en el reparto de ingresos alcanzando a una proporción tan importante de la población, pueden producirse toda clase de conflictos sociales y de dilemas de seguridad geopolítica. ¿Querremos vivir en esas sociedades tan desiguales aun en el supuesto de que nos tocara estar en el lado de los beneficiados?

Frente a los terremotos, hemos dicho, la única solución posible hoy en día es prevenir y estar alerta para activar los mecanismos de emergencia cuando el riesgo llega a concretarse. Esta solución de compromiso parece aplicable también para el terremoto laboral que se avecina. En concreto, propongo: evitar la confrontación entre los trabajadores más y menos cualificados, entendiendo que éste es un problema que nos atiene a todos; generar argumentarios a nivel global y estatal que eviten el cambio de valores laborales hacia la justificación tecnocrática por encima de la democrática; diseñar acciones urgentes para organizar la transición y contar con trabajadores con la formación necesaria (hasta ahora, Alemania es el primer país en establecerla en la agenda de gobierno como “estrategia de alta tecnología”); adaptar el sistema educativo (de forma estratégica, evitando los bandazos debidos a las modas, como la última que tiene que ver con todo lo “smart”), para permitir que el mercado laboral encuentre el perfil de profesionales cualificados que necesita: flexibles y con capacidad comunicativa, de trabajar en equipo, de aprendizaje continuo y de aportar un pensamiento crítico orientado a la negociación (si no, las empresas no encontrarán el talento que necesitan y no conseguirán cubrir todos los puestos con profesionales adecuados para el puesto, pese a los esperables enormes niveles de desempleo en otros puestos); adaptar el sistema de formación profesional para reciclar y especializar a los trabajadores no cualificados provenientes de los campos laborales en los que se va a destruir empleo (incluso en los trabajos cada vez menos demandados se requerirán habilidades inexistentes hasta la fecha y deberán poder aportar en esos campos antes de pasar a producir en campos más demandados. En este sentido, el mercado laboral del transporte tendrá que ver qué profesiones relacionadas con él van desapareciendo -¿quizá los estibadores?- y apostar, desde los centros educativos y desde las empresas, por una revolución del desarrollo del talento que permita la adaptación de sus trabajadores en lugar de su sustitución); y, por último, adoptar políticas estatales para minimizar el desempleo, la precariedad laboral y la desigualdad socioeconómica.


Fuente de la imagen principal: BBC Mundo