Venía hace unos minutos en Cercanías leyendo la noticia sobre la muerte de Marvin Minsky, un desconocido para la mayor parte de la población a pesar de ser considerado el padre de la inteligencia artificial. Curiosamente, aparte de las típicas aplicaciones de estas técnicas, poder ir leyendo esta noticia a través de internet en un dispositivo móvil dentro de un medio de transporte es parte de su contribución y de las muchas otras personas que agrandaron las fronteras del conocimiento.

Y aunque nos parezca algo cotidiano, es extraordinario. Lo que pasa es que, como decía siempre en sus clases mi profesor de Electrotecnia, Jesús Fraile, “hemos perdido la capacidad de fascinarnos”. Hace apenas un siglo, por grande que fuera la contribución de un investigador al desarrollo del conocimiento, solían pasar décadas antes de poder aplicar de forma concreta los frutos de su trabajo. Y, por eso, muchos murieron antes de ver sus conocimientos aplicados. Ahora eso ha cambiado y Marvin Minsky es buen ejemplo de ello. Ha podido ver robots que realizan tareas complejas, cámaras que identifican patrones y que se han aplicado a tareas tan diferentes como la seguridad o la auscultación de firmes, técnicas de minería de datos que permiten hacer búsquedas rapidísimas de información y que traen de la mano la nueva revolución del Big Data, sistemas expertos que permiten asistir a decisiones, etc.

Y eso es por la labor de las miles de personas que, tras él, han seguido ensanchando el conocimiento y descubriendo cómo aplicarlo. Mis preguntas son: ¿es la universalización de la educación la clave por la que ahora progresamos más deprisa que nunca? Y más importante aún, ¿una sociedad en retroceso donde el acceso universal a la educación vuelve a estar en peligro podrá avanzar al mismo ritmo? Que cada cual saque sus conclusiones, pero creo que todos tenemos claras las respuestas.