Hoy publico un texto que está escrito por mi compañero del Máster en Dinámicas Territoriales y Desarrollo (UCM) Napoleón García y por mí:

El mundo de mañana

La crisis del SARS CoV-2, así como el tiempo y espacio que nos brinda la cuarentena obligatoria que cumplimos, nos permite, desde nuestros privilegios, abrir un campo de discusión sobre las formas de interpretar la vida, el cuerpo y la moral, aspectos que, para Didier Fassin, son los fundamentos básicos de la política. En especial, intentar reflexionar los territorios y sus escalas en función de la la idea del cuerpo, Estado y capital. Así, poder (re)imaginar y pensar el mundo de mañana[1].

Es de conocimiento general que las estrategias de contención frente al SARS CoV-2 son, en su mayoría, formas de reclusión y control por parte del Estado. Estas formas de intervención sitúan como primera escala de ejercicio del poder el propio cuerpo y su relación con su primer ámbito de proximidad, la vivienda. La siguiente escala es la comunitaria, pues el enclaustramiento ha generado nuevas formas de socialización (tanto con amigos, conocidos, compañeros de trabajo como con vecinos), generando un paisaje interpretativo desde las estéticas de resistencia hasta los discursos no hegemónicos. También, la cuarentena tendrá consecuencias en escalas donde la política institucional juega un papel fundamental: la municipal, estatal, regional y global. El mundo de mañana no será en estas escalas como el de ayer y el de hoy, pues las lógicas tenderán a reconfigurarse sobre nuevas necesidades, nuevas restricciones, nuevas formas de relacionarnos y nuevos privilegios. Es por ello que queremos reflexionar en varias escalas. Por eso y porque nos hemos conocido en un momento extraño de nuestras vidas en el que, desde nuestras formaciones previas en la Ingeniería Civil y en Relaciones Internacionales, hemos caído en el mundo de la geografía.

A partir de ahora se recopilan algunas ideas escritas por ambos en un texto vivo, producto más de la reflexión a través de una “conversación” con las “idas y venidas” que permite Google Doc. Pero la conversación no es una forma de pensamiento menor. Se cuentan por decenas los amigos con inquietudes similares que, a través de misivas, han compartido sus avances y son en muchos casos grandes mentes que se retroalimentaban. Es, pues, una adaptación posmoderna de una actividad ya muy explorada pero que nos permite reposar nuestras percepciones acerca del momento presente e hipotetizar cómo éste actuará sobre el futuro.

Escala 1. El cuerpo y la vivienda

Punto de partida de Napoleón:

El SARS CoV-2 ha instaurado una política del cuerpo que creíamos superada, o, al menos, olvidada. El Estado, a través del ejercicio del poder, nos ha obligado de manera abierta y pública a recluirnos en nuestros espacios de vida. En otras palabras, ejerce una biopolítica consensuada entre el miedo a infectarnos y el deseo de salir ilesos. Es por ello que el cuerpo, como primera escala del territorio, nos permite experimentar desde las desigualdades radicales, el virus y sus miedos.

Además, la cuarentena y su corporización en relación a nuestros espacios de vida, nos deja sentir, pensar y percibir nuestras carencias, privilegios y formas de entendernos con el Estado, ya que no es lo mismo sufrir la cuarentena en un espacio con poca luz, falta de ventilación y carencia de recursos básicos, a disfrutarla con espacios abiertos y formas de consumo pasivo.

Respuesta de Samir:

Parto de estar de acuerdo con ese punto de vista. La desigualdad hace que no todos experimentemos igual esta situación. A nivel corporal, entiendo que no es igual pasar por el enclaustramiento cuando se está sano que cuando se está enfermo, no es igual según la edad que se tenga, no es igual según la seguridad laboral de la que se goce,… Se generan, por tanto, desigualdades basadas en la incertidumbre o, incluso, el miedo.

Por supuesto, todas estas desigualdades se ven atravesadas transversalmente por la componente socioeconómica. En una sociedad completamente igualitaria, a priori, solo deberían percibirse diferencias explicadas por nuestras diferentes formas de ser o nuestra salud. En una sociedad perfectamente equitativa, estas diferencias deberían quedar incluso superadas. Pero nuestras sociedades no son ni igualitarias ni equitativas. A veces ni siquiera de discurso. Por eso las desigualdades están siendo patentes.

La sociedad ha demostrado tener ciertos sesgos en este aspecto: primero, un sesgo “adultocéntrico”, que nos ha llevado a la vez a pensar que el virus no era un problema porque solo afectaba a viejos y personas con patologías previas, como si no fueran dignos del mismo esfuerzo por ser salvados y, al mismo tiempo, a que los niños queden confinados en casa con menos derecho a salir que, por ejemplo, las mascotas. Segundo, un sesgo liberal que ha llevado a pensar que todas las personas tenemos unos tipos de trabajos determinados y que todos podemos teletrabajar. No es, ni está cerca de ser, así. Tercero, un sesgo que olvida las necesidades especiales y que estará dificultando en muchas casas la convivencia con personas con enfermedades mentales o, directamente, planteando auténticas pesadillas, por ejemplo, para mujeres maltratadas viéndose obligadas a estar 24 horas al día con sus maltratadores. También hay un sesgo optimista (que seguramente tendrá algo biológico para ayudarnos a sobreponernos a lo que nos viene) que nos hace pensar que esto solo va para los demás, que no nos tocará por algún tipo de inexplicable inmunidad, que no perderemos a nadie de los nuestros. Y que, por tanto, hasta que no nos toca de cerca o nos obligan, las recomendaciones de mantenernos en casa no van para nosotros (ojo, no es un reproche para el resto, yo soy el primero que lo he experimentado así). Habrá más sesgos, pero no se me ocurren más ahora mismo. Lo que está claro es que, cualquiera de las personas afectadas por estos sesgos tiene un doble estigma si le suma la componente socioeconómica, pues incrementa su vulnerabilidad y el impacto que esta circunstancia le genera.

Como último punto relativo a la escala de lo personal, mencionar que el binomio miedo-proteccionismo empezará pronto a operar. De momento, hemos cedido derechos y libertades entendiendo la excepcionalidad de la situación. Sin embargo, esta excepcionalidad puede convertirse, si la situación se prolonga, en una nueva normalidad. Apuntaré en otras escalas lo que entiendo que esto supone.

Volviendo sobre la opinión de Napoleón, parte de nuestra experiencia corporal nace del espacio en que habitamos. El tamaño y la calidad de nuestra vivienda es importante siempre pero más aún cuando, como ahora, nos encontramos ante la perspectiva de pasar semanas en ella. Las diferencias de clase social se agudizan cuando lo que está en juego es la salud física y mental. Por ejemplo, tener o no espacio para hacer deporte, para guardar suficiente comida o, simplemente, para no perder la cordura, son cuestiones importantes. Pensando en otras latitudes, el aislamiento en lugares donde se hace mucha más vida en la calle o donde tres y hasta cuatro generaciones conviven en el mismo espacio puede ser un infierno. También hay que tener en cuenta a quien, tenga la vivienda que tenga (aunque seguramente serán modestas), deben seguir saliendo porque si no trabajan no comen. Nosotros dos somos privilegiados en este sentido, pero este privilegio no nos ciega de considerar que deben existir mecanismos que no dejen a nadie atrás en esta crisis. En la presente y en la que se nos avecina.

Réplica de Napoleón:

También, ceder derechos y libertades entendiendo la excepcionalidad de la situación, nos plantea que la libertad no es individualmente nuestra sino que se ejerce con otros. Es decir, el aparente luto público que vivimos a raíz de la cuarentena nos enseña que somos libres en la medida en que compartimos con las demás personas y, al estar en nuestros espacios de vida aislados, creamos consensos sin disensos que alimentan los rasgos autoritarios políticos-personales.

Por otro lado, la crisis cuestiona el estilo de vida legítimo instaurado en nuestras sociedades. Ya que pone de relieve (aún más), una forma de vida que promete la inclusión a través del consumo. Por ejemplo, llama la atención la interactividad virtual que existe en ciertas plataformas digitales en donde el régimen de visibilidad[2] es exclusivamente el de la élite dominante y sus formas corporales de vivir la cuarentena; exigiéndonos, desde sus privilegios de clase, quedarnos en casa.

Lo anterior, no limita que las experiencias compartidas sean únicamente las de las élites dominantes. También, existen prácticas no-hegemónicas que circulan en las redes de cómo ver, sentir y estar en la cuarentena del Coronavirus.

Réplica de Samir:

¿Cómo resolverlo? Es decir, sabemos que quedarnos en casa (todos los que no somos imprescindibles para el tratamiento de enfermos y el suministro de productos básicos) es la única forma de evitar que el sistema sanitario colapse y ahí debemos entendernos en colectivo y no individualmente. Quienes debemos quedarnos en casa, quedándonos; pero las Administraciones Públicas de distintos escalones administrativos deben actuar también para ayudar a quienes tienen soluciones habitacionales insuficientes o, directamente, no las tienen. Debemos entender que si una parte de la sociedad es vulnerable, lo somos todos. Espero que esto no se nos olvide cuando pase la tormenta.

Réplica de Napoleón:

Más allá de cómo resolverlo, considero pertinente plantearnos la relación entre los modos de estar y las formas de percibir. Me explico: no se trata de salir o no salir de casa. Más bien, de reflexionar acerca de la idea que nos transmiten de estar en casa. Así que me gustaría dejar abierta una pregunta: ¿Qué nos está enseñando la cuarentena sobre la democracia?

Réplica de Samir:

Lo primero que estamos aprendiendo es lo débil que es en varios aspectos la democracia a la vista de lo fácilmente que se cede por miedo. Esta vez, fundado, pero… ¿quién nos dice que no será diferente en otras circunstancias?

Escala 2. La proximidad comunitaria

Punto de partida de Samir:

En la escala comunitaria, creo que hay un punto de conexión con el punto anterior, que es la subescala del “grupo más próximo”, es decir, familia, compañeros de piso, amigos, compañeros de trabajo. En este punto, la situación de aislamiento llevará casi con seguridad a una amplificación de lo que ya sucediera con anterioridad. Es decir, en los grupos en que la relación fuera buena, el aislamiento reforzará los vínculos; cuando no lo fuera, puede hacer de este periodo una tortura. Hay dos esferas en juego en este punto: por un lado, el grupo “real”, con el que compartimos espacio físico; por otro, el grupo “virtual”, que incorpora el grupo afectivo, el grupo laboral, el grupo familiar que está en otras viviendas… esta esfera es una evolución de la sociedad red que proponía como concepto Manuel Castells, que nos permite seguir operando con facilidad y mantener el contacto con los demás gracias al uso de internet.

Internet ha abierto la puerta de nuestras casas, sin que tengamos que salir de ellas, a múltiples formas de expresión. En el caso español (aunque ya habíamos visto expresiones similares en Italia), esta apertura ha permitido organizar un aplauso síncrono en las ciudades en homenaje al personal sanitario que se está dejando la piel para atender a los enfermos (y que está enfermando también) y caceroladas contra la monarquía o contra el gobierno según la sensibilidad de quien golpea la cacerola, acceder a expresiones culturales de lo más diversas y generalmente gratuitas (desde memes a conciertos en directo a través de redes sociales), tejer nuevos lazos de ayuda con los que prestar apoyo mutuo, compartir opiniones sobre el efecto de esta crisis,…

También nos ha permitido ver cómo percibimos que nosotros cumplimos mejor el aislamiento que los demás e, incluso, excesos policiales aplaudidos por quienes los graban. A esto me refería antes cuando hablaba de la cesión de derechos y libertades. Que no se generalicen estos comportamientos es responsabilidad de todos. Igual que hemos entendido que quedarnos en casa no es un gesto exclusivo para no exponernos, sino que es un acto colectivo con el que cuidamos de los más vulnerables, debemos entender que garantizar ese cuidado no debe dar lugar a excesos sino a respuestas proporcionadas a la gravedad de la situación. Así, la coacción mutua no debe ser una opción, ni por supuesto, debe reforzar la coacción estatal si la hubiere. Debemos cuidarnos pero cuidarnos bien.

Respuesta de Napoleón:

Lo comunitario, que ya bien planteó Samir como el grupo más próximo a la escala corporal, (re)crea ante la crisis del SARS CoV-2, prácticas de sociabilidad que, posiblemente, habían sido olvidadas o practicadas de forma minoritarias. Entre ellas, mayor cercanía cooperativa, afectiva y política de cuidado entre los cuerpos que habitan un mismo espacio. Sin embargo, no podemos obviar que, también, la economía del cuidado puede verse intensificada por los roles de género dentro del hogar, legitimando (aún más) la estructura patriarcal familiar Estado-capital.

Ahora bien, la sociedad red limita con las realidades periféricas de países no occidentales en donde el acceso a internet todavía es un privilegio de aquellos que pueden comprarlo. Por ello, la idea de la desterritorialidad a través de las nuevas tecnologías de la comunicación e información, no puede ser aplicada como posible solución universal a los retos del SARS CoV-2.

Inciso de Samir:

Muy de acuerdo, a veces me traiciona el entorno y se me olvidan otras realidades. Y eso que las he experimentado, aunque en Oriente Próximo y no en América Latina, donde desconozco más la cotidianidad. Disculpa la interrupción.

Continuación de la respuesta de Napoleón:

Debo de aceptar que, para el caso español y su estructura urbana, la cuarentena ha desarrollado prácticas estéticas de resistencias que llaman la atención. Entre ellas, propuestas políticas de visibilidad de los cuerpos en los balcones del centro de Madrid y sus demandas por más y mejores servicios sociales. Sin embargo, las personas que pueden y poseen el derecho de aparición no son todos. Pensemos en los y las inmigrantes en España que habitan un espacio no adecuado para la práctica asociativa que está configurando la cuarentena por el virus o, del lado contrario, las comunidades cerradas e hiper vigiladas que buscan distinguirse en la medida en que se distancian. Es decir, el virus pone de relieve la estructura social normativa de las formas comunitarias y sus prácticas de visibilidad en la medida que vemos y percibimos tipos de comportamientos ante el miedo y la especulación.

Por otro lado, no deja de llamarme la atención la corresponsabilidad que existe con las economías no dominantes. Por ejemplo, las campañas alternativas de consumo local y pedidos en línea para revitalizar y mantener vivos pequeños negocios y cooperativas existentes. Para el caso salvadoreño, tengo la impresión que la corresponsabilidad es designada por un pequeño grupo de élite liberal que busca mantener a flote cierto tipo de negocio. En otras palabras, la campaña de consumo local no está pensada en dinamizar mercados del sector informal que, en el caso de El Salvador, representa más del 50% del mercado de trabajo.

Escala 3. Las ciudades y los Estados

Punto de partida de Napoleón:

Pareciera que los Estados se están reconfigurando en función de su rol de gestor social. Por un lado, la idea de un Estado débil va desapareciendo en la medida avanza el Coronavirus pero, por otro, observamos cómo los Estado se están nutriendo de los nacionalismos, la xenofobia y los miedos generalizados. En consecuencia, observamos un modelo híbrido de Estado, en especial, en regiones como América Latina y sus formas de democracias liberales-autoritarias.

Lo importante de lo anterior es saber a qué modelo se le va apostar después de la crisis del Coronavirus. Ya que, además de la muy probable crisis económica, la crisis social puede llegar a transformar la relación Estado-ciudadano. Si bien, en estos días, varios intelectuales han dado sus especulaciones a los posibles escenarios que se nos avecinan, lo cierto es que los modelos de inversión social en sanidad pública se verán fortalecidos, los nacionalismos se habrán unificado, las fuerzas de seguridad se legitimarán y quedará evidenciado que el sistema de gestión privada para problemáticas sociales son una estafa de quienes pueden pagarlos.

Ahora bien, el SARS CoV-2 impactará de manera heterogénea la relación de ciudades y Estados. Primero, desde una perspectiva de la teoría clásica de vigilar y castigar. Segundo, la militarización o el aumento de presencia policial en espacios públicos abrira más las brechas entre las desigualdades urbano-espaciales, creando así, mayor desconecto y malestar social. Y por último, la centralidad en el ejercicio del poder será aún más evidente y, en el peor de los casos, las municipalidades perderán autonomía de gestión en sus espacios urbanos. Es decir, los grandes perdedores serán los gobiernos micro y locales para dar vida a los gobiernos centrales y burocráticos.

Respuesta de Samir:

Muy interesante análisis. Desde luego, lo que queda claro es que, con los cambios que se derivarán de las nuevas relaciones entre ciudades, entre ciudades y Estados y entre Estados, asistiremos a soluciones frente a la crisis del SARS CoV-2 que seguro que siguen lógicas diferentes a las que se habrían seguido antes de esta situación. Por eso, me gustaría explorar estas escalas:

– A nivel urbano:

Lo primero es que creo que debemos pensar que pueden aparecer cambios cambios importantes en el urbanismo. Saber cuáles es difícil, por no decir imposible, pero conocemos casos anteriores que ya dieron lugar a formas radicalmente diferentes de hacer ciudad. Por ejemplo, las epidemias de peste en la Edad Media dieron lugar a un nuevo modelo administrativo de la ciudad que dio lugar a los barrios y distritos (pues permitían un control de los movimientos de las personas y las mercancías) en el que se crearon las policías urbanas para controlar la cuarentena. ¿Esto nos suena? Estamos asistiendo justo a ese “vigilar y castigar” que nombraba Napoleón y lo entendemos como necesario por la excepcionalidad del momento, lo que puede trastocar cómo percibimos la presencia de los cuerpos y fuerzas de seguridad en el espacio público. Otro ejemplo de desarrollo ligado a las pandemias tiene un calado mayor en la morfología urbana: tras otro brote de peste del s. XVIII y, más intensamente, durante el de cólera del s. XIX, Edimburgo vivió una de las primeras segregaciones urbanas con motivo del higienismo. En esta ciudad, los pobres permanecieron en la hacinada Old Town y los ricos se construyeron una New Town con mucha menor densidad de población y un saneamiento adecuado. Esta nueva urbanización resultó relevante para marcar las pautas de los ensanches de muchas ciudades europeas (en España, tenemos casos paradigmáticos como los ensanches de Madrid, Barcelona y Valencia) ¿Veremos nuevas segregaciones ahora? O podemos tener también una respuesta higienista basada en una vida que no exija tanta movilidad. ¿Se traducirá en la generación de formas de vida de proximidad para todas las actividades cotidianas o, por el contrario, en nuevas estrategias que rompan completamente las lógicas del territorio porque el teletrabajo y el teleocio nos hagan poder vivir donde queramos, no necesariamente cerca de otros? Esta duda me parece legítima al ver que una parte de la sociedad puede haber entendido que la enfermedad es más difícil en la gran ciudad y por eso se iban a sus segundas residencias en la montaña, la playa o el mundo rural. ¿Y cómo afectará esto a las infraestructuras y los maltrechos servicios de transporte?

También estamos observando una intensa bajada del precio de la vivienda. ¿Se sostendrá? ¿Será positiva porque podremos acceder los que antes no podíamos a la vivienda en propiedad? (o a alquileres justos). ¿O servirá para concentrar la propiedad de la mayoría del parque inmobiliario en pocas manos, principalmente de fondos inversores y bancos? De momento, a pesar de la alegría de muchos, el cambio del alquiler turístico por alquiler convencional solo evidencia que quien más tiene es quien más puede ganar, pues juegan con dos mercados y se ajustan a uno u otro según la posición que más ventaja les genere. Veremos.

– En cuanto a la relación de las ciudades con los Estados, presenciábamos antes de la crisis un avance hegemónico por parte de las ciudades, que pasaban a tener más peso que los propios Estados-Nación. Si de esta situación se deriva un fortalecimiento del Estado y un auge del proteccionismo, puede acabar con esa jerarquía, pues las relaciones con otros agentes internacionales deberían volver a pasar por el Estado. ¿Significará eso un retroceso del proceso globalizador? ¿O solo una nueva forma de relación internacional? En gran medida, esto dependerá de si el proteccionismo viene de la mano de un aumento del nacionalismo.

– El nuevo papel del Estado-Nación:

La primera duda legítima en un país con competencias transferidas en materia de Sanidad a las Comunidades Autónomas es si esta situación no puede traer consigo el rescate de competencias por parte del Estado. Por supuesto, la primera sería la Sanidad. Pero,… ¿cómo saber si una percepción exagerada de la mejora del sistema no podría traducirse en un rescate de más competencias que reviente el actual Estado de las Autonomías?

También podemos asistir a cambios políticos sin precedentes, a la vista de los errores cometidos tanto de planificación anterior a que la pandemia nos alcanzara como de gestión durante la crisis. ¿Puede que asistamos a una deslegitimización de la política en favor de la tecnocracia? Puede también suceder que la ausencia de debate en pro de la eficiencia o de la evidencia científica lleve a medidas drásticas que no habríamos aceptado con anterioridad como pueden ser nacionalizaciones de empresas y bienes considerados de primera necesidad (o por evitar quiebras de sectores completos). Incluso, si esto se alarga, ¿a un proceso en que la excepcionalidad sea la nueva normalidad y el Estado se torne autoritario? (y es que, como decía Walter Benjamin, somos una especie que admite fácilmente la tiranía solo con experimentarla, quizá por mero instinto de supervivencia).

Frente a los escenarios anteriormente expuestos, que bajo mi punto de vista no serían deseables, retomo lo que decía Napoleón y, es que, la socialdemocracia ha ganado la partida en el inicio de la crisis y nadie discute ahora la necesidad de lo público. Incluso reconocidos neoliberales hicieron declaraciones en público pidiendo medidas urgentes por parte del Estado y, es que, ha demostrado ser el único instrumento humano capaz de garantizar una respuesta contundente. Sin embargo, hay que tener visión de futuro y entender al Estado no solo como un ente punitivo que ostenta el monopolio de la violencia (algo imprescindible, como hemos visto, para mantener el enclaustramiento, pues no se produjo hasta la declaración del estado de alarma) sino que debe dar el paso necesario para evitar muertes posteriores que no estarán ligadas a la urgencia sanitaria sino a la urgencia económica. Por eso, debemos aprovechar el tirón de la victoria cultural de la socialdemocracia para generar mecanismos que garanticen la máxima equidad posible o, al menos, herramientas capaces de atajar tanto las nuevas desigualdades producidas por esta nueva circunstancia como, por el camino, resolver las desigualdades previas. Esto último es imprescindible, pues la pobreza genera vulnerabilidad frente a la enfermedad y, como sociedad, seremos tan fuertes como lo sea el eslabón más débil. ¿Será el mecanismo una renta universal, una inversión anticíclica, un nuevo New Deal (ojalá con criterios de sostenibilidad para luchar contra el cambio climático, un Green New Deal), un reparto del trabajo, una nueva fiscalidad que incluya impuestos a la riqueza,…? No tengo la respuesta, pero tengo claro que necesitamos garantizar que nadie quede atrás. Y debemos garantizarlo desde el antifascismo, pues la respuesta estatalista totalitaria (el fascismo, vaya) no debe ser una opción.

Escala 4. Las regiones y los organismos multilaterales

Punto de partida de Samir:

Vale, en esta escala me toca empezar a mí. La idea es que nos enfrentamos a un problema y, por tanto, a una solución que no podemos abordar país a país, sino que nos necesitamos mutuamente. Es probable que en este punto no seamos capaces de dar ninguna respuesta pero quizá sea interesante plantearnos preguntas.

En este sentido, dado mi contexto europeo y, viendo cómo ha golpeado el virus las estructuras supranacionales, me pregunto cuál será el resultado para la Unión Europea. Un mayor auge de los nacionalismos (que ya se venía dando pero esto puede reforzar) podría traer consigo un debilitamiento de la unión. Sin embargo, entendernos como parte de una misma realidad en la que la cooperación es imprescindible, puede ser el empujón definitivo para que se generen estructuras que vayan más allá de la armonización y supongan un marco competencial diferente o, como poco, articulen herramientas que permitan esa cooperación que nos ha faltado. Es decir, dar un paso que nos mueva desde la caridad a la solidaridad entre naciones. Es un punto clave entender que la caridad se ejerce de arriba hacia abajo y la solidaridad es un ejercicio de responsabilidad entre iguales. Aunque esto exige negociaciones, hay que tener presente que las regiones y los organismos multilaterales son útiles en la medida es que permiten articular la ayuda a quienes más la necesitan, entendiendo que la fortaleza de la unión reside en que existan equilibrios donde nadie sea especialmente vulnerable. Esto, bajo mi prisma, solo podría alcanzarse con una unión que, mediante el abandono de los postulados neoliberales, abrace la socialdemocracia y se perciba antes como garante de derechos y libertades que como un mero espacio económico y comercial (pues esto último cae por su propio peso en circunstancias excepcionales, donde la salvaguarda individual termina primando).

También puede haber cambios de posiciones. Se está viendo estos días cómo China se muestra como la potencia amable y eso seguro que reconfigura los marcos en los que nos movemos porque generará un conjunto de alianzas que no tienen por qué seguir las lógicas históricas. Esto ya sucedió, con el Plan Marshall, que no fue gratis, sino que supuso la consolidación de la hegemonía estadounidense. ¿Nos veremos frente al declive de las viejas potencias y la emergencia de otras nuevas? ¿Supondrá una ventaja para ellos  tener antes que el resto a un porcentaje de la población ya inmunizada frente al virus? ¿Habrá un giro de los acontecimientos porque EEUU logre la vacuna antes que ellos? Solo lanzo preguntas. Aunque, por supuesto, se basan en inquietudes surgidas de las lecturas de estos días, pues eso puede suponer marcos culturales, empresariales y sociales muy diferentes que impactarán seguro en nuestro futuro.

También me pregunto si esto dará lugar a que las regiones más privilegiadas sintamos por fin empatía con el resto. Nos hemos visto golpeados y eso debería abrirnos los ojos acerca de las realidades que se viven en lugares donde hay guerras, hay hambrunas, hay desplazados climáticos, no hay acceso al agua corriente,… ¿Podría, quizá, suponer un impulso a la cooperación internacional? Si no lo hacemos por altruismo, quizá podamos hacerlo simplemente por entender que el hecho de que haya vulnerabilidad en otros puntos del mundo nos hace vulnerables al resto y esta crisis es un ejemplo de manual: que alguien en China comiera una sopa de murciélago sin garantías sanitarias adecuadas nos va a tumbar a todos porque no nos volcamos internacionalmente para contener la enfermedad cuando aún era posible. Más claro el agua…

Respuesta de Napoleón:

Intentar descifrar cómo las regiones y los organismos multilaterales se verán (o no) afectados por el SARS CoV-2 me resulta complejo y atrevido. En general porque, a priori, la geopolítica del soft power chino no deja de inquietarme en función de los aprendizajes que nos llegan. Literalmente, nos han mostrado que a mayor control de la población mejor contención del virus. Luego, porque es admirable la rapidez con que China ha reaccionado en prestar servicios a otros países, lo que discursivamente les posiciona por encima de EEUU como potencia ayuda cuando, en la práctica, resulta ser todo lo contrario a una ayuda desinteresada.

También es curioso ver cómo los mandatarios de diferentes países han reaccionado ante la pandemia. Por un lado, los negacionistas como Trump, Bolsonaro, Daniel Ortega, AMLO o Boris Johnson, entre otros; por otro lado, los oportunistas que han visto en la situación actual una forma de legitimarse ante la opinión pública internacional y nacional, entre ellos Nayib Bukele, parlamentarios panameños, dominicanos, etc.

Por otro lado, llama mi atención la alusión de Samir a la  sopa de murciélago sin garantía sanitarias adecuadas (todavía no está probado si fue contagiado de esa forma). En este punto, podríamos abrir un campo de discusión sobre cómo operan ciertas formas de reproducir lo sociocultural en Occidente. Es decir, las formas de comer que Occidente impugna como únicas y universales. Más bien, considero que la verdadera pregunta a plantear es: ¿por qué seguimos comiendo animales? Creo que me he desviado ya de la conversación.

Réplica de Samir:

Me llama la atención lo que citas de los oportunistas. ¿Consideras que es, en cierto modo, algo ligado a la región? ¿Puede reconfigurarla? Te animo a desarrollar más este punto.

Con lo de los animales sí que creo que te desvías. No sé si esto puede suponer solo nuevos controles sanitarios en granjas y mercados o si puede haber una nueva ola de vegetarianos y veganos por motivos sanitarios. Me parece interesante, en todo caso, pero fuera de nuestro debate actual. ¡Algo hay que dejar para los posteriores!

Réplica de Napoleón:

Más que algo ligado a la región, considero que el oportunismo es una forma en que los gobiernos con características autoritarias, fascistas y demás, aprovechan la situación para (retro)alimentarse de los miedos, incertidumbre y especulación. Así, pueden operar con mayor facilidad sus formas de represión y control simbólica de las personas. Por ejemplo, los países que han tenido mayor éxito en el control del Coronavirus, son países con sistemas democráticos cerrados con características autoritarias donde la crisis del SARS CoV-2 ha sido utilizada para legitimar sus formas de controlar y recluir.

Escala 5. El mundo de mañana

Punto de partida de Napoleón:

(Re)imaginar el mundo de mañana, tal y como se titula el presente ensayo, es una acción política afirmativa. Ya que abrir los campos de teorización y acción involucra una lucha frontal contra el discurso de la crisis[3] que, en términos generales, nos hacen creer que la única forma para salir de esta situación es a través de un mínimo de garantías sociales a cambio de privatizar y controlar nuestros espacios de vida.

Además, se refuerza la idea de los hiper-nacionalismos y los miedos a las personas consideradas diferentes. Como resultado, tenemos el discurso oficial de la crisis y los discursos que buscan pensar contra-hegemónicamente lo que se avecina. De mi parte, hay seis temas que llaman mi atención:

– La dignificación de lo público;

– La resignificación de lo común;

– La lucha contra el discurso de la (pseudo)austeridad que solo aplicar para recortes sociales;

– La nueva falta de aceptación del discurso liberal de la responsabilidad individual;

– La muy probable reconfiguración de las derechas;

– La geopolítica del privilegio al miedo.

Respuesta de Samir:

A mí lo que me preocupa de anticipar el futuro como si mirásemos una bola de cristal, es que el futuro será un ejercicio colectivo y lo estamos pensando entre solo dos personas. Obviamente, eso nos impide ver todas las caras de la realidad, pues ésta es poliédrica. Por eso me alegra que tu punto de partida sea tan distante a las ideas que me planteaba yo para la escala global.

Desde luego, no habría elegido mejor los temas a tratar.

Para mí, los cuatro primeros puntos forman parte de una misma realidad y esta crisis debe servir como catalizador de la generación de Estados de Bienestar en los países en que aún no lo hay y de refuerzo en aquellos países en que lo hay pero estaba en retroceso. Tenemos ante nosotros una ventana de oportunidad donde nadie discute una idea que nos ronda, al menos, desde Santo Tomás de Aquino: “In extrema necessitate omnia sunt communia” (“en casos de extrema necesidad todo es común”). No es que Santo Tomás fuera un predecesor del comunismo, ni mucho menos, pues era un firme defensor de la propiedad privada, la actividad mercantil y la acumulación de Capital; ahora bien, tenía claro que, en casos de extrema dificultad, lo primero es salvarnos todos. Esto, a nivel nacional, puede suponer impuestos a la riqueza como los que mencionaba anteriormente, pero eso tiene un alcance limitado para atajar un problema global.

Necesitamos cooperación internacional: en investigación, a nivel mercantil, a nivel productivo, con ayudas económicas, potenciando nuevos tipos de negocios que no exijan interacción pero potencien la economía (como pueden ser las Smart Cities),… pero hemos visto justo lo contrario: una carrera por descubrir la vacuna para obtener rédito geopolítico; incrementos de la producción de petróleo en países como Arabia Saudí y Rusia para hacer inviable económicamente el fracking estadounidense, desplazándoles del mapa de productores; la crisis de refugiados en la frontera entre Turquía y Grecia;… en estas circunstancias todos nos retratamos y, como especie, debemos elegir entre una fragmentación que nos lleva al abismo (prolonga la crisis, la agudiza y genera vulnerabilidades que nos arrastran hacia una situación aún más complicada) o una solidaridad internacionalista que nos hará más resilientes en el futuro.

Respecto a cómo operarán las derechas y la política del miedo, sinceramente, no tengo herramientas para responder. Todo tuyo este tema.

Réplica de Napoleón:

Me llama la atención el tema de la cooperación internacional; en especial, porque en el espacio Europeo ha vuelto a surgir el imaginario de un Plan Marshall 2 para la reconstrucción de la economía de los países de la región en función de la crisis que se podría tener en los próximos meses. Sobre todo, la idea de compartir la deuda que se adquiera a raíz del Coronavirus.

La historia nos dicta que un plan de estas características podría ser la lógica geoeconómica para salvar el sistema de reproducción social existente a través del Capital. Sin embargo, hoy esa lógica no es la de un país buscando ser la potencia mundial (como en su momento fue Estados Unidos), sino de la necesidad de evitar más fracturas territoriales de las que ya existen en el continente europeo. Es cuestión de esperar y ver qué sucede.

No puedo dejar de mencionar que, para el caso específico de Centroamérica, es curioso cómo los presidentes de la región han reaccionado como bloque ante una crisis que ha dejado entrever la falta de voluntad política que se ha tenido por años. Lo interesante es que el único presidente de América Central que no ha asistido a las reuniones ni llamados oficiales es el presidente de El Salvador. Éste ha cerrado sus filas y ejercido todo el poder a disposición para controlar los espacios de vida en el país más pequeño de Centroamérica, fracturando aún más el sueño de una Centroamérica pobre pero unida.

Además, es inquietante observar cómo opera la geopolítica estadounidense en Centroamérica con el tema de los inmigrantes; especialmente, en los países del triángulo norte (Guatemala, Honduras y El Salvador). A pesar de que la mayoría de países han cerrado fronteras e, incluso, El Salvador ha suspendido todo tipo de vuelos en sus aeropuertos, esto no ha frenado que Estados Unidos deporte constantemente a nuestra gente. Y, peor aún, los campos de concentración -albergues- de inmigrantes en las zonas fronterizas de México y Estados Unidos siguen operando y haciendo uso de lo que Achille Mbembe definía como la Necropolítica. Es decir, el uso político del poder para decidir quienes pueden vivir y quienes no.

Réplica de Samir:

Con tu réplica creo que respondes parcialmente a la geopolítica del miedo pero no a la reorganización de las derechas. ¿Lo dejamos para el siguiente debate cuando el paso del tiempo nos permita vislumbrar un poco la situación?

Réplica de Napoleón:

Sí, mejor.

Cierre

Entonces, ¿qué es el mundo de mañana? ¿Es un sueño o un discurso? Quizás, puede ser ambos al mismo tiempo, es decir, una especie de discurso potencial que, en la medida en que es soñado y enunciado, puede ser materializado. Este ejercicio de reflexión nos ha permitido pensar escenarios alternativos que van desde imaginar sociedades éticamente posibles con una componente idealista e, incluso, utópica, hasta plantear cuáles pueden ser las amenazas que encaremos como sociedad. Cómo las enfrentemos nos permitirá acercarnos a la utopía o introducirnos en la distopía. Por supuesto, no hemos dado muchas respuestas cerradas. Tampoco era nuestra intención dar estas respuestas, sino tratar de formular preguntas. ¿Habremos, al menos, planteado las preguntas adecuadas que permitan abrir la discusión sobre lo que podría ser el mundo de mañana? El tiempo dirá.

[1] En referencia clara a dos libros de referencia para quienes realizamos el ejercicios de diseccionar la realidad: El mundo de ayer, de Stefan Zweig, y El mundo de hoy, de Ryszard Kapuściński. No osamos, por supuesto, estar a su nivel sino honrarles con esta pequeña disquisición en forma de conversación que, como poco, nos permite entretenernos, y, en el mejor de los casos, nos alumbra con a uno con el vistazo del otro y viceversa, a tener una lectura compartida de lo que nos puede deparar el escenario del mundo cuando, tras estos días, vuelva a abrirse el telón.

[2] Baldovinos, R. R. (2016). El cielo de lo ideal: literatura y modernización en El Salvador (1860-1920). UCA Editores.

[3] Butler, J., & Athanasiou, A. (2017). Desposesión: lo performativo en lo político. Eterna cadencia.