Bajo el sugerente título de “First we take Manhattan. Se vende ciudad”, Daniel Sorando y Álvaro Ardura, reflexionan sobre los procesos de gentrificación o, como reza el subtítulo, la “destrucción creativa y disputa de los centros urbanos”. Por si alguien a estas alturas aún no sabe qué es la gentrificación, la voy a definir: es un proceso urbano que supone el reemplazo progresivo de la población original de un barrio deteriorado o una zona concreta de la ciudad (normalmente céntrica) por otra de un mayor nivel adquisitivo. Este proceso suele estar precedido por una fase de desinversión y abandono. La gentrificación se inicia gracias a una revalorización de la zona que suele ser fruto de emprendimientos especulativos, generalmente promovidos por grandes grupos inmobiliarios y entidades de crédito, ya que requieren de grandes inversiones para llevar a cabo la compra y rehabilitación (para adecuar las viviendas a los estándares de los nuevos habitantes) de una gran cantidad de propiedades.

Es decir, aunque haya a quien estos procesos les puedan parecer una cuestión de magia, no es para nada así, sino que tienen unos motivos, unas consecuencias y, cómo no, medidas que, si bien no llegan a resolverlos del todo, al menos los mitigan en cierta medida. Es cierto que el proceso tiene un inicio que parece (y hasta puede ser) bueno, por el resurgir de un barrio y por una mezcla social que resulta atractiva, pero no deja de ser un arma de doble filo pues tras los locales de moda y los nuevos pobladores jóvenes, modernos y con dinero, hay historias de desahucios, de acoso de (y a) los propietarios, de desarraigo, de desplazamiento y de marginación de los “pobladores nativos”. Es por ello que también han aparecido movimientos de resistencia contras los barrios “renacidos” que pierden toda la esencia que los lleva a renacer y son recorridos por olas homogeneizadoras que hacen de lo creativo el lugar para asentar a las grandes cadenas y llevan también a la turistificación de los espacios, que terminan quedando como un escenario de cartón piedra donde en realidad no sucede nada, sólo se visita y se consume.

Reseña de “First we take Manhattan”

Este libro recorre, para mostrar este efecto, barrios como Chueca, Malasaña y Lavapiés (Madrid), Belleville (París), El Raval (Barcelona), La Magdalena (Zaragoza), San Francisco (Bilbao) el Bronx (Nueva York) o Kreuzberg (Berlín). Invita así a sumergirse a través de casos concretos en un repaso por la historia de destrucción (abandono y estigma), creación (regeneración y mercantilización) y disputa (resistencias) que ocurre cada día en los centros históricos de nuestras ciudades.

Y, añado yo, no ya tan en el centro pues en distritos periféricos de Madrid como del de Latina podemos ver a la gentrificación avanzar cruzando el río Manzanares y la M-30 (fronteras psicológicas en la frontera sur-suroeste de la ciudad) en lo que se ha dado en llamar “El Bruclin madrileño” y que ya tiene su primera tienda de cupcakes.

Para mí, lo mejor del libro es que los autores entienden que los activistas antigentrificadores son a su vez agentes gentrificadores: por sus gustos, sus hábitos de consumo, su forma de relacionarse con los barrios,… de modo que el enfoque del texto parece orientarse no tanto hacia “entendidos” sino hacia los nuevos pobladores de los barrios gentrificados (o que se gentrificarán pronto), para que reflexionen acerca de qué efecto tienen sus acciones en la ciudad y si quieren que el barrio al que han llegado se convierta en un “paraíso de turistas, hipsters y mascotas” o prefieren otro tipo de ciudad. Como titularon en una entrevista que hicieron a los autores, parece ser una historia sobre “la gentrificación contada a los hipsters”.

Una denuncia creativa de la gentrificación, un imán gentrificador.

Una denuncia creativa de la gentrificación, todo un imán gentrificador.

A cambio, lo peor del libro para mi gusto, es que la mayor parte de las resistencias contra la gentrificación se entienden como algo puramente público y no tanto de cambio de comportamientos individuales a la hora de consumir. De hecho, uno de los objetivos que planteaban los autores antes de la aparición del libro era “hacer un llamamiento a los poderes públicos para que contrarresten la deriva del mercado con medidas como la provisión de parque público de vivienda” o la aprobación de una ley en Berlín para frenar el precio del alquiler (disparado en un 32 % entre 2007 y 2013). Y, es que, a mi entender, la crítica al modelo neoliberal de la ciudad es algo necesario pero no único, pues muchos de los cambios variarían simplemente con que individuo a individuo entendamos que nuestras acciones tienen consecuencias para nosotros y para los demás (nunca me voy a cansar de decir que la libertad es un ejercicio de responsabilidad).

Pondré un ejemplo: ¿de verdad son las cadenas que se localizan en la calle Fuencarral (entre Gran Vía y la Calle de Hernán Cortés) las únicas culpables de haber seleccionado esa localización? ¿O hubo durante mucho tiempo una banalización de ese espacio por parte de Administraciones Públicas, vecinos y ciudadanos que simplificó mucho las actividades que se producían en esa calle hasta empobrecer el uso que se podía hacer del espacio público ganado tras la peatonalización? Porque quizá eso supuso la reducción del valor de la calle a ser únicamente un soporte físico para el consumismo dejando fuera el uso y el consumo tradicionales… Es decir, que poder elegir entre 10 tiendas de cupcakes pero no tener cerca una panadería no es, a mi entender, una cuestión de la que echar la culpa únicamente a entes abstractos como los mercados o la sociedad, sino que nace de comportamientos individuales (obviamente, influidos por la colectividad, pero individuales no obstante).

También eché en falta durante la lectura un pequeño análisis de los procesos de transformación de los mercados municipales de abastos como ejemplo de esa “destrucción creativa” de la que se habla para los barrios, pues en muchos de los casos analizados estos mercados eran elementos centrales de la vida de los barrios.

Pero vamos, que a pesar de esas pequeñas pegas que le veo al libro, recomiendo encarecidamente su lectura para, en palabras de los autores, “entender la ciudad y poder elegir entre todos sus desarrollos posibles”. Encima, se lee rápida y fácilmente porque está muy bien escrito, algo que se agradece en estos tiempos de textos escritos a vuelapluma que muchas veces no hay por dónde cogerlos. Y, aparte del propio texto, las notas al pie recogen un montón de links a artículos que permiten ampliar la información disponible para aprender qué es y cómo se produce la gentrificación.


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